Esperma en tanques de nitrógeno líquido.
EL MUNDO
LOURDES GÓMEZ
Londres
Beth y Warren Brewer pensaban tener
dos hijos pero el plan quedó en suspenso en 2005. El entonces novio y
esquiador profesional fue diagnosticado con un tumor de cabeza, que
truncó sus sueños familiares. Antes de empezar el tratamiento contra el
cáncer, Brewer acudió a una clínica, donde almacenaron su esperma
para que su prometida pudiera concebir un hijo suyo. Este sueño puede
ahora cumplirse, tras una larga batalla judicial que ha culminado en una
sentencia favorable dictada la tarde del jueves en el Alto Tribunal,
con sede en Londres.
Warren Brewer murió en febrero de 2012. Un mes antes había renovado
la autorización para que su pareja pudiera utilizar el esperma. La
legislación británica permite almacenar células de fecundación durante
55 años siempre que el donante reconfirme periódicamente su permiso. La
Autoridad en Fertilización Humana advirtió a la viuda que tenía un plazo límite hasta 2015 para tener un hijo de su difunto marido.
Beth consiguió extender el plazo
Beth Warren -al casarse adoptó como apellido el nombre de su marido-
llevó el caso al tribunal familiar y no cejó en su empeño hasta cantar
victoria. Puso de relieve la falta de claridad en el papeleo de la
clínica de fertilidad y la excesiva ceguera oficial para reconocer el
deseo del difunto de dar hijos a su viuda. Y el Juzgado de Apelación le dio la razón en su objetivo de extender el plazo de destrucción del esperma hasta sentirse en condiciones psíquicas, físicas o económicas para quedarse embarazada. Con 28 años, aún tiene tiempo por delante para conseguirlo.
La jueza Mary Claire Hogg basa su sentencia en el Artículo 8 de la
legislación en Derechos Humanos que, según explicó, le garantiza el
"derecho a decidir" si desea que "su difunto marido la convierta en
madre". Feliz y sonriente, Beth Warren prometió luchar para que nadie
sufra el calvario judicial por el que ha pasado estos años. "La decisión
de hoy sienta precedentes", resaltó.
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